Capítulo 2




DÍA  1

Olaia Padilla
Cualquiera puede ser el primer día del resto de mi muerte





No se podía decir que el CEC se pareciera demasiado a un hospital, la verdad. Se asemejaba más a una residencia de estudiantes, porque la mayoría de los pacientes eran jóvenes. Los más adultos y los ancianos estaban aglomerados en la última planta, la 12, junto con los más putrefactos. Parecía que doña Rogelia quería proyectar una buena imagen del lugar. Era bastante absurdo, porque los enfermos no suelen ser agradables a la vista, ni ese lugar podía venderse como un destino ideal para pasar unas vacaciones.  
La tobillera de seguimiento que un agente me había colocado se veía bastante y era muy incómoda. No podía ponerme pantalones demasiado estrechos, porque no me cabían a causa del grosor del aparato, así que, como hacía bastante calor, me vestía con pantalones cortos. La tobillera no me impedía moverme por ningún lugar del centro, pero sí me habían advertido de que no me sería posible acudir a ninguna excursión o actividad realizada fuera del CEC, algo que no me suponía problema alguno. Tampoco me concederían permisos de fin de semana.
Nada más llegar al centro, me dieron una tarjeta con mis datos, un número personal y el número del estudio médico al que pertenecía, que era el E27 Fase II. Como no había llevado una foto carnet, un miembro del personal me sacó fotografía con un teléfono móvil; la peor instantánea de mi vida.
Un poco más tarde, un celador me dio un tour por el lugar para que conociera las instalaciones. Me enseñó la piscina exterior, la pista de baloncesto y de tenis, en las que no podría jugar a causa de mi enfermedad, la sala de ocio y la planta en la que viviría por tiempo inestimable; la número 11. Mi habitación era la 1166. Parecía el dormitorio cualquiera de dos hermanos, compuesto por dos camas individuales, un escritorio, una librería con algunas revistas y libros y una enorme ventana con vistas a un paisaje arbolado. El centro estaba bastante alejado de la ciudad, rodeado por un espeso bosque. La habitación tenía cuarto de baño propio con bañera. Era muy grande, equipado para el uso de silla de ruedas.
Conocí a mi compañera de cuarto, que se llamaba Lara y también tenía fibrosis quística. Me pareció extraño que nos pusieran en la misma habitación, pues no se aconsejaba juntar a dos pacientes de FQ durante demasiado tiempo, pero nos habían asegurado que, por el momento, era seguro: ninguna de las dos teníamos infecciones. Poco antes de entrar al CEC, me habían hecho las analíticas permitentes para asegurarse de ello.
Lara era una chica de treinta años, alta, con el pelo castaño y unas tetas enormes, de esas tetas en las que te tienes que fijar porque no te queda más remedio que mirarlas, seas hombre o mujer. Era la primera vez que veía a otra FQ en persona. Parecía más deteriorada que yo, y llevaba una bombona de oxígeno las veinticuatro horas del día. A pesar de las adversidades, había depositado una fe ciega en la eficacia del tratamiento al que ambas íbamos a someternos. Ella llevaba ya dos meses y medio en el CEC y aseguraba notar grandes mejoras en su estado de salud.
–Noto que tengo muchas menos flemas, sobre todo. Pero mi capacidad pulmonar ha mejorado mucho. Supongo que nadie lo diría, viendo mi estado, pero antes estaba en lista de espera para trasplante y ya he salido de ella. El tratamiento del ORKAMBI es de por vida, pero creo que podré acostumbrarme a esa pastillita cada doce horas con tal de acabar con esta tortura. Espero dejar de ser una FiQui muy pronto. –Así era como nos llamábamos entre nosotros, FiQuis.
El tratamiento no me supondría esfuerzo alguno, ya que se trataba únicamente de tomar una pastilla más cada doce horas, pero tendría que seguir las demás indicaciones a las que no estaba acostumbrada; fisioterapia, nebulizaciones, dieta sana, algo de deporte light y medicinas. Pero eso no era lo peor; me habían incluido en una terapia grupal para, y cito textualmente las palabras de la psicóloga de la planta –que atendía a todos los pacientes al menos una vez al mes para conocer su proceso psicológico ante el tratamiento y el nuevo entorno–, “Concienciarte del dolor ajeno y lograr una mayor adherencia a la vida”. Me parecía una pérdida de tiempo, por la influencia de mi falta de fe en toda la parafernalia de la psicología. No creía en psicólogos, psiquiatras, ni nada parecido. Ellos no me conocían, mi nombre no aparecía en sus libros universitarios, mi enfermedad no les poseía, no vivían con ella, no les mataba. No podían entenderme. Además, yo no tenía falta de deseo por vivir, al contrario. Amaba la vida. Era feliz, muy feliz. Quizá me había desviado un poco del camino correcto, pero me gustaba seguir un sendero desconocido, seguir mis propios impulsos y no guiarme por las pisadas de los demás. Sentía que nadie podía comprenderme.
–¿A ti también te obligan a ir a una terapia? –le pregunté a Lara.
–Sí. Casi todos los internos vamos a terapia, pero la mía es individual. ¿A cuál te han mandado a ti?
–A una grupal. Empiezo la semana que viene. Solo he hablado con la loquera veinte minutos, pero parece que se cree que lo sabe todo sobre mí –le conté resignada.
–Antes de que llegue un nuevo paciente, le pasan a la psicóloga informes de consultas anteriores, hablan con tu neumólogo habitual; tratan de conocerte un poco. Quizá esa terapia sea provisional hasta que tengas más sesiones con la psicóloga y te haga un perfil. –Inhaló oxígeno por la nariz y lo expiró por la boca repetidas veces; se había fatigado de tanto hablar.
–Este lugar es muy aburrido –comenté mientras abría la maleta para ordenar mis cosas en el armario que me correspondía. Sobre el montón de ropa minuciosamente doblada, había una fotografía en la que salíamos mi padre, mi madre y yo. Por detrás había unas palabras escritas.

“Nunca dejes de luchar. Ojalá pudiésemos estar a tu lado, ojalá pudiésemos darte un pedacito de nuestros pulmones, pero esta guerra la vas a ganar. Tú tienes Fibrosis Quística; la Fibrosis Quística no te tiene a ti. Te queremos.”

Pensé en ellos y, durante un momento, me sentí feliz por estar en el centro; se merecían un descanso de mí. Merecían una vida un poco más tranquila sin una hija enferma y conflictiva. No se podía decir que fuera demasiado dependiente de ellos, pero ellos sí lo eran de mí. Querían protegerme de un monstruo intangible. Dejé la foto en la mesilla de noche y comencé a ordenar mis cosas.
–¿Llevas aquí unas horas y ya te estás aburriendo? –me preguntó Lara–. ¡Pues no te que queda nada! Y peor lo debería llevar yo, que dependo del oxígeno y tengo que desplazarme en silla de ruedas porque la bombona pesa una barbaridad. Y si llevo la mochila con el oxígeno, como ahora, solo tengo capacidad suficiente para tres horas. –Tenía la silla de ruedas al lado de la cama. Como la habitación era grande, no estorbaba en absoluto.
La puerta estaba abierta. Vi a una chica rubia corretear por el pasillo. Tenía Síndrome de Down.
–¿Qué hace aquí esa chica? –le pregunté extrañada–. No sabía que el Síndrome de Down tenía cura.
–No, ella no forma parte de ningún estudio. –Se acercó a mí y me ayudó a ordenar la ropa en el armario. Me ponía nerviosa, porque quería hacerlo yo, ordenar todo a mi manera, pero no le dije nada. Me caía bien. Al menos, de momento–. Pero aquí también hay algunas plazas reservadas para enfermos que no tienen recursos ni nadie que los cuide. Esa chica se llama Begoña y sus padres murieron en un accidente de tráfico hace un año. No tiene más familia y de momento vive aquí hasta que le den plaza en otro sitio. Así La Suprema se lucra con las subvenciones.
–¿La Suprema?
–Rogelia Iglesias. –Fruncí el ceño. Lara se dio cuenta–. Nunca confíes en ella.
Seguí mirando al pasillo y la cabeza de Begoña asomó de golpe por un lado de la puerta.
–Cu–Cú –bramó entre risas.
–¡Ven, Bego, que te presento a una amiga! –le pidió Lara.
La chica, que no debía de tener más de quince años, se acercó lentamente con la mirada gacha, sonriendo continuamente.
–Hola –la saludé. Ella se rió y se tapó los ojos.
–Mi nombre es Begoña, pero todo el mundo me llama Bego –se presentó sin destaparse los ojos.
–Es un nombre muy bonito. Yo me llamo Olaia, pero todo el mundo me llama Oli. Bueno, todo el mundo no, solo los que me caen bien. Y tú me caes bien, así que puedes llamarme Oli. –Volvió a reírse escandalosamente. Su risa era contagiosa.
–Estoy estudiando el curso de competencias clave –me informó.
–¡Que guay! Yo ahora mismo no estudio nada. Si quieres puedo ayudarte algún día con los deberes –me ofrecí.
–Mi mamá siempre dice que yo puedo hacerlo todo sola –me respondió, aún sonriente.
–Claro que sí. Pero todos necesitamos ayuda algunas veces –le dijo Lara.
Begoña sonrió y se marchó mirando al suelo.

Los primeros días fueron realmente duros. Acostumbrarme a las normas me costaba demasiado. Llevaba toda la vida viviendo al margen de cualquier autoridad, sin horarios, sin rutinas. Odiaba madrugar y odiaba hacer la fisioterapia, y ambas cosas se me acumulaban todos los días por la mañana. Al menos mi fisioterapeuta me caía bien. Era un señor de mediana edad bastante entrañable, que llevaba atendiendo a FiQuis los últimos ocho años de su carrera. Estaba acostumbrado a las secreciones, tosidos y demás síntomas de la FQ. La fisioterapia respiratoria consistía en una serie de ejercicios para movilizar los mocos y así poder expulsarlos con más facilidad. Y sí, era tan asqueroso como suena. Aspiraciones más fuertes, más suaves, expiraciones acostada boca arriba, de un lado, del otro lado, con el fisio haciendo presión en el estómago, en el pecho, aquí y allá. Hinchar un globo, usar un flutter, andar en círculos. Un poco de todo.
En el comedor, me gustaba sentarme en una mesa a solas. Estaba cansada de que todo el mundo intentara adivinar qué enfermedad tenía. Nadie llamaba demasiado mi atención como para querer averiguar qué les pasaba y compartir con ellos el motivo de mi agonía. Algunas enfermedades me parecían obvias, como el chico gordo en silla de ruedas al que le faltaba una pierna y el pelo. Tenía cáncer, o eso suponía. Y había otra chica, más delgada que el palo de una escoba, que a la hora de comer siempre lo hacía acompañada de la vigilancia de alguna enfermera y tardaba en terminar la comida una eternidad. También había un sordo que se volvía loco en las conversaciones multitudinarias, tratando de leer los labios de todo el mundo. Tenía que ser asqueroso tener que mirar a la boca de la gente cuando está comiendo para conseguir entender algo. Al menos, me consolaba saber que no todos los internos se estaban muriendo. Muchos estaban ahí, simplemente, para mejorar su calidad de vida.
Y, por otro lado, estaba él. Un chico raro y pálido que parecía de esos que va a soltarte un puñetazo de un momento a otro. El de los ojos como la inmensidad del océano. Un azul que parecía expresamente creado para el color de su iris. También se sentaba solo y no hablaba con nadie. Me había fijado en que tampoco respondía cuando le hablaban, o lo hacía de la manera más escueta posible. Miraba mal a todo el mundo, como si pensara que estaba siendo víctima de un complot por parte de aquellos que le rodeaban. Las veces que lo había visto, siempre iba vestido con unos vaqueros oscuros y camisetas o sudaderas de manga larga. Se notaba que tampoco estaba cómodo en el centro.

–¿Bajas a comer? –le pregunté a Lara, que permanecía acostada en la cama viendo una telenovela desde su ordenador portátil.
–No, prefiero comer aquí.
Luís Alfonso, tengo algo que confesarte –música de suspense–. Eloísa no murió en el accidente de avioneta. ¡Eloísa está viva y cuando te encuentre, acabará contigo!”. La voz latina de los protagonistas de la telenovela retumbaba en la habitación.
–¡Lo sabía, sabía que estaba viva! –exclamó emocionada. La emoción en los FiQuis siempre terminaba igual: con un ataque de tos. Lara comenzó a toser, no sin antes parar el capítulo para no perderse nada. Le acerqué una caja de servilletas de papel para que expulsara el esputo.
–¿Mala pinta? –le pregunté una vez hubo escupido y encestado la bola de mocos en la papelera, que estaba a rebosar. El color de los esputos era importante. El médico nos había dado una libreta para que apuntásemos de qué color eran las flemas cada día. Había un amplio abanico de gamas entre el verde, amarillo, blanquecino y amarronado. Cuanto más verdes, peor, y cuando más blancas, mejor. A ver, las flemas nunca eran buenas, pero dentro de lo malo, mejor que fueran blancas, que estaban más limpias de bacterias.
–Verde. Demasiado verde. Además tienen sangre. Pero hay menos cantidad –respondió.
–Poco a poco. Hay que tener paciencia –le dije. Consolar nunca se me había dado bien. Lo mío era ser sincera y decir las cosas sin pensar, pero una frase como “Sabía que esta mierda de tratamiento no serviría para nada” no iba a ayudarla mucho, así que me callé–. ¿Seguro que no bajas?
–Fijo. Estoy cansada y no tengo el oxígeno portátil cargado.
–Espero que no te quedes aquí solo para ver esa ridícula novela. Pareces una abuela.
–No, en serio, no tengo el oxígeno cargado y no quiero bajar en la silla de ruedas con la bombona.
–Te viene bien andar, así que voy a bajar a comer sola y cuando acabe la comida y la terapia, iremos a la sala de ocio. La terapia es a las tres, así que tienes tiempo de sobra para cargar el oxígeno –le dije.
–No me trates como a una enferma terminal. Te recuerdo que tú también eres FiQui.
–Sí, pero yo estoy mejor que tú –le rebatí con una sonrisa maliciosa. A Lara no le gustaba nada mi humor falto de sensibilidad, pero lo pasaba por alto muchas veces. No estaba tan mal visto que un enfermo bromeara así con otro enfermo.
–Te saco siete años. A ver si tú llegas a mi edad. –Me gustaba que me devolviera la pullita. Sonreí y salí de la habitación.

En el comedor había más gente de lo normal. No es que estuviera lleno, pero no veía ninguna mesa totalmente vacía. Maldije mi mala suerte entre murmullos que solo yo podía escuchar. No quería sentarme con nadie, no quería que nadie me hablara. No quería encariñarme con algún moribundo y acabar acudiendo a su entierro o que él acabase acudiendo al mío. No quería hablar de enfermedades, porque vivía rodeada de ellas.
Esperé un rato de pie al lado de la puerta, a la espera de que algún grupo desocupase una mesa. Miré mi móvil. Aún no sabía nada de Manu. Lo odié y volví a maldecir en voz baja. Deseé que estuviera a mi lado para darle un puñetazo y después abrazarlo. Nunca nos abrazábamos si ello no derivaba en coito, pero esa vez me apetecía abrazarlo sin más, abrazarlo durante un largo tiempo. Guardé el teléfono en el bolsillo y cogí una bandeja. Toda la comida me parecía asquerosa, pero no había lidiado con la FQ durante toda mi vida como para acabar muriendo de hambre.
Volví a examinar el comedor para elegir dónde sentarme, y mi mirada se detuvo en la de él; el chico antisocial que no hablaba con nadie. Sus ojos me analizaban. Me producía una extraña sensación que me causaba escalofríos, pero no tenía otra mesa más desierta donde sentarme, así que me dirigí hacia él. Quizá se comportaba como el loco que parecía y me clavaba un tenedor, pero ya sabía que cada día podía ser el primer día del resto de mi muerte. 


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