Capítulo 3




DÍA  5

Lucas Santiago
Tan viva, tan muerta





De nuevo esa chica llega sola al comedor. No es la primera vez que la veo, hace unos cuantos días que ingresó. Me gustaría saber su nombre. No tiene pinta de ser como los demás internos; no parece compadecerse de sí misma ni esperar que los demás la compadezcan. Siempre se sienta sola a comer. La entiendo; ninguno de estos tipos sería una buena compañía. Ya nadie me parece una buena compañía. La mayoría de nosotros estamos a las puertas de la muerte, unos finos hilos nos sujetan a la vida y nos convierten en marionetas del sistema. Yo debería estar muerto ya, pero no me dejan. Si pudiera regalarle lo que me queda de vida a ella, lo haría. No la conozco, no sé su nombre, pero le daría el resto de mis días. Le daría el resto de mis días a cualquiera; a mí, el tiempo ya no me hace falta.
No coge la bandeja y mira el móvil durante un rato. Será de esas típicas niñatas que se pasan el día colgadas del teléfono, sin más vida que la que le dan las redes sociales. Odio las redes sociales. Seguro que está compartiendo fotos de su calvario médico para dárselas de valiente.
Me gustaría saber por qué lleva ese aparato en el tobillo. Lo he visto en algunas películas; parece una pulsera de esas que te ponen para tenerte vigilado. Ojalá explotara y nos hiciera volar a todos por los aires. Ojalá alguien acabara con esta pantomima.
Es guapa. Pero no de esas chicas que gustan a todo el mundo, no como las que salen en los catálogos de las revistas. Es diferente, y eso la hace atractiva. Tiene los ojos bonitos y el pelo raro; ni siquiera sabría decir qué color es ese. Está demasiado pálida. Quizá tenga cáncer, a pesar de no estar calva. Aunque tiene más pinta de tener sida. Puede que sea una ninfómana y haya pillado sida de tanto magrearse. Tengo curiosidad por saber por qué está aquí. Hacía demasiado tiempo que no tenía curiosidad por nada. Tampoco pasa nunca nada interesante por aquí. Parece que habla sola. Espero que no sea una enferma de psiquiatría. Es hipócrita que yo piense así.
En mi mesa solo estoy yo, mientras que las demás están demasiado llenas. Parece que ella también se ha dado cuenta. Se acerca, coloca su bandeja frente a mí y se sienta. No puedo dejar de mirarla. Quiero saber en qué está pensando.
–¿Qué miras? –me pregunta. Tiene una mirada desconcertante. Se lleva un trozo de conejo asado a la boca. No sé cómo alguien puede comer esta bazofia de comida. Parece que le gusta.
–¿Estás amargada porque te mueres? Porque eso te da el privilegio de comportarte como una amargada en cualquier sitio, menos aquí. Aquí todos estamos igual.
Comienza a toser incontrolablemente. Quizá se esté ahogando. Miro a mi alrededor, esperando a que alguien haga algo, pero parece que soy el único que la escucha. Puede que sea más sensible de lo que parece y que mis palabras le hayan hecho daño. No pienso disculparme.
–Deberías dejar de fumar –le digo cuando parece haber recuperado el aliento. Está hiperventilando.
No me responde, solo sigue comiendo como si nada. Finge que no estoy aquí, como yo finjo que el resto del mundo no está a mi alrededor. Normalmente, me gusta ser invisible, pero me fastidia que esta tía me ignore.
–¿Por qué has ingresado en el CEC? –le pregunto, con una certeza incomprensible de que no me contará el motivo.
–¿Vas a joderme la comida? –Su voz suena firme, pero no parece enfadada ni realmente molesta.
–Me gusta joder a los demás y ganarme enemigos. Los enemigos son más entretenidos que los amigos.
–Seguro que eso es lo que te dices a ti mismo para sobrellevar el hecho de no tener amigos.
–¿Cómo eres tan cruel de hablarle así a un enfermo terminal? –le pregunto con ironía.
–Porque estar muriéndote no te da derecho a ser un cretino. Y cuando te mueras, a pesar de que todo el mundo dirá que eras una persona increíble por el simple hecho de estar muerto, yo iré a tu funeral a decir que eras un cretino –me responde con una sonrisa maliciosa. Sabe que sus palabras no van dolerme. Y también sabe que me gusta el humor negro. No sé cómo lo sabe, pero lo sabe. O quizá es tan sádica de disfrutar con el dolor ajeno.
–¿Qué planes tienes de aquí a seis meses? –le pregunto con semblante serio, pero con una sonrisa interna.
–Si me estás proponiendo una cita, no eres mi tipo.
–No. Te estoy invitando a mi funeral para que digas que soy un cretino. Si hay algo después de la muerte, cosa que dudo y espero que todo se acabe en el ataúd, no se me ocurre un plan mejor que escucharte decir eso. No creo que seas capaz.
Me mira con atención. Quiere saber si miento, espera algún gesto que le indique que estoy hablando en broma. No encuentra lo que busca, porque hablo en serio. Yo siempre hablo en serio. La vida ya es una burla demasiado grande como para añadirle más payasadas.
–¿De qué vas a palmar? –me pregunta mientras sigue comiendo.
–Eso  mismo te he preguntado yo en cuanto te has sentado y me has ignorado.
–Porque antes no éramos nada más que dos desconocidos. Ahora ya somos enemigos. Cuéntame lo que te pasa para que pueda alegrarme de tu desgracia. –No parece consternada ante mi inminente muerte. Todo el mundo se conmociona ante una desgracia así, aunque sea la desgracia de un desconocido. Me gusta su frialdad.
–Tengo un glioblastoma multiforme. Es un tumor cerebral inoperable. De seis meses de vida a un año. Espero que sean seis meses –le respondo.
–¿Te duele? –Deja de comer el conejo asado, aparta la bandeja a un lado y se dispone a morder una manzana reluciente, del mismo color rojo del que tiene pintados los labios. El carmín no se emborrona ni lo más mínimo. Me pregunto si aguantaría un beso en condiciones.
–En absoluto. –Es mentira; sí que me duele. La cabeza está a punto de estallarme a veces, tengo mareos, náuseas y la visión se me nubla de vez en cuando.
–Entonces, ¿por qué quieres morir?
–¿Tiene que haber un por qué? Sé que no está socialmente aceptado desear dejar de vivir, pero simplemente no me gusta. La vida no me gusta, las personas no me gustan. No tiene nada que ver con estar enfermo. La mayor parte de la vida la pasamos infelices o neutros a la espera de que llegue un día de felicidad. La espera infeliz no me compensa el día alegre.
–Y luego dices que la amargada soy yo. –Me mira como si estuviera loco, pero con curiosidad a la vez.
–No estoy amargado. Solo soy neutro en todo sentimiento y apático de toda circunstancia. Sé que es difícil de entender. La vida está sobrevalorada.
–La vida es lo más valioso que yo tengo –me confiesa. Arquea las cejas y muerde de nuevo la manzana. El sonido del mordisco retumba en mis oídos. Me fijo en su garganta al tragar–. Te conozco desde hace diez minutos y ya me has mentido.
–No te he mentido en nada.
–Has dicho que las personas no te gustan. Mentira. Creo que yo te gusto –asegura sin dudar. Normalmente, una afirmación así por parte de cualquiera me parece egocéntrica y superficial. Pero en su boca suena diferente.
–¿Te estás muriendo? –le pregunto, tratando de ocultar mi deseo por conocer la respuesta.
–Todos nos morimos, la diferencia es que unos lo hacemos más rápido que otros. Y tú, si eres así de rápido en todo, no tienes futuro conmigo.
Durante unos segundos, guardamos silencio sin sonreír con los labios, pero sí con la mirada. Me imaginé su pie deslizándose por mi rodilla, pero no lo hizo. Después de muchos días neutros, parece que este será uno de esos días alegres. No está mal, pero la vida sigue sin merecerme la pena.
Hace carraspear la garganta. Parece haberse atragantado con algo que trata de escupir, sin éxito. Tose un poco y aspira una abundante bocanada de aire.
–¿Vas a decirme por qué estás enferma?
–Soy FiQui –responde con el semblante serio, como si su respuesta me concediera información alguna.
–¿Que eres Friki? ¿Y eso qué tiene que ver con estar aquí? –No entiendo qué puede importarme que sea Friki. No tiene mucha pinta de leer manga ni nada parecido.
–¡FiQui! –repite.
–Ya, Friki. ¿Y qué?
Friki, no. ¡FiQui!
–¡Friki, sí, eso he dicho! –exclamo obcecado. La situación es surrealista. Seguro que es de psiquiatría. Menuda colgada. Revira los ojos con impaciencia.
–Tengo una deformación de nacimiento. Qué vergüenza… –Se lleva la mano a la cara como tratando de ocultar su rostro–. No tengo… Bueno, eso, ya sabes.
–¿El qué?
–Vagina.
–¿Qué? –he alzado un poco la voz. No puedo evitar fruncir el ceño tratando de imaginarme a qué se refiere.
–No tengo vagina. Nací sin vagina. Pero, oye, no pienses mal. Tampoco tengo pene. Soy una mujer… O eso le dijeron a mi madre. Mi parte púbica es como la de una Barbie. Exactamente igual, lisita del todo. Tuvieron que hacerme un pequeño agujerito para poder hacer pis. –Se mantiene seria. Tiene que estar de coña. La miro con los ojos como platos. Ella sonríe. Intento imaginarme lo que esconde bajo el pantalón, pero ahora solo se me viene a la mente la imagen de una Barbie desnuda.
Mira por encima de mi hombro. Me giro para conocer el fenómeno que capta su atención. Es solo el reloj. Las 14:27. Se levanta y se va sin más, sin recoger la bandeja con las sobras de su comida. Es una chica peculiar. Diría que hasta tiene peor humor que yo. La miro alejarse esperando que se gire, pero no lo hace. Me quedo solo, y eso me hace sentir bien.
Me levanto también y recojo mi bandeja y la suya. Prefiero dejar todo ordenado para que nadie tenga nada que reprocharme. Aún queda media hora para la terapia. Odio esa maldita terapia, y odio a todos los quejicas que forman parte de ella. Puedo aprovechar esta media hora para ir a visitar a Rodolfo.
Subo en el ascensor hasta la planta 12 y entro en la habitación 1243. Rodolfo mira por la ventana acostado en la cama, como casi siempre. Me acerco y cojo el libro de “La mecánica del corazón” de encima de la mesilla.
–Ya casi vamos por la mitad –le recuerdo. Me mira y sonríe. Me gusta Rodolfo porque no habla. En dos meses que llevo aquí, aún no le he escuchado decir una palabra. Pero sé que me entiende, noto cómo se emociona ante los acontecimientos de los libros que suelo leerle–. Hoy no tengo mucho tiempo para lecturas. Tengo que ir a la terapia grupal. Solo he venido a ver cómo estabas, aunque supongo que siempre hay tiempo para un fragmento de los que hemos marcado, servirá para refrescar un poco la historia. –Comienzo a leer al azar pasajes que he marcado con lápiz. Porque eso es lo que suelo hacer con los libros, marcar los fragmentos que más me gustaban para exprimir lo mejor de cada historia.

"Ya no puedo estar sin su presencia; el olor de su piel, el sonido de su voz, sus pequeñas maneras de representar a la muchacha más fuerte y más débil del mundo. Su manía de no ponerse gafas para ver el mundo tras el cristal ahumado de su visión lastimada; su forma de protegerse. Ver sin ver de verdad y, sobre todo, sin hacerse notar.
Descubro la extraña mecánica de su corazón. Funciona con un sistema de concha autoprotectora ligada a la falta de confianza que la habita.
El código de acceso a su corazón cambia todas las noches. A veces, la concha es dura como la piedra. Por mucho que pruebe mil combinaciones en forma de caricias y palabras de apoyo, apenas consigo quedarme a las puertas de su misterio. Y en cuanto ella se encierra, me quedo completamente vacío.
Estudio la mecánica de su corazón con pasión, trato de abrir los cerrojos bloqueados, con llaves blandas. Pero tengo la sensación de que Miss Acacia tiene rincones en su corazón que permanecerán cerrados para siempre.”

La mecánica del corazón
Mathias Malzieu
  
–No sé cómo acabará esta historia, pero estoy intrigado. Tendremos que dejarlo para otro día. Tengo obligaciones que atender. –Cierro el libro y lo vuelvo a dejar donde estaba–. Hoy he conocido a una chica. No te creerías por qué está aquí… –Sonrío y le cojo de la mano. No me gusta sentir pena, pero por Rodolfo la siento. Solo es un pobre anciano al que han abandonado en el CEC. Sus hijos son de aquellos que duermen tranquilos pensando que lo están haciendo bien por pagarle la estancia. Con el dinero todo se arregla.
Salgo del cuarto con cierto sentimiento de culpa por dejar a Rodolfo solo. Vuelvo a entrar y le enciendo la televisión para que se sienta acompañado. Sonríe levemente y se queda dormido.

Aún quedan cinco minutos para que empiece la terapia, pero ya han llegado casi todos. Las sillas forman un círculo perfecto. De pie, merodeando a través del mismo, se encuentra Carlos Iglesias. Es el psicólogo que se ocupa de la terapia, y el hijo de Rogelia Iglesias, la directora del CEC. Tiene los mismos apellidos que ella, porque todo el mundo sabe que es un bastardo sin padre reconocido. Eso debe de joder mucho a la directora. El tipo no me cae mal, pero me dan rabia los enchufados. No debe de tener muchos más años que yo; acaba de terminar la carrera de psicología.
Todas las sillas están ocupadas por las mismas caras de siempre; la tía anoréxica, el del cáncer, la del trastorno bipolar, la que tiene una enfermedad innombrable, el sordo y yo. Aunque hoy hay una silla de más que permanece vacía. Es probable que haya olvidado a alguien.
Carlos comienza a hablar.
–Bien, en la sesión anterior os pedí que escribierais todo lo necesario para organizar un evento; especificar qué tipo de evento sería, elaborar una lista de las personas que invitaríais, la comida que os gustaría que hubiera, qué tipo de música… En fin, todo lo necesario para vuestra fiesta –nos recordó entusiasmado–. ¿Quién comienza a leer? –Nadie se presenta voluntario. Todos tienen una libreta y un bolígrafo en la mano, excepto yo–. Lucas, ¿qué tal si empezamos por ti?
Qué manera más directa de tocarme los huevos. Es bastante obvio que no he hecho el ejercicio. Me encojo de hombros y, cuando estoy a punto de decir algo, la chica del comedor entra a la terapia de una forma extremadamente pausada, pero con la respiración tan acelerada como si hubiera venido corriendo.
–Siento llegar tarde –se disculpa, de manera poco convincente. Se sienta en la silla que está delante de mí. Nuestras miradas conexionan como imanes. Carlos está diciendo algo, pero ninguno de los dos le escuchamos.
–Adelante –le dice Carlos. La chica desvía la mirada hacia él.
–¿Perdón?
–Preséntate al grupo. No tienes que hablar de lo que no quieras hablar. No tienes que contar lo tuyo, pero queremos conocerte un poco.
–Claro… Me llamo…
–Estaría bien que te levantaras.
–Estoy bien así, sentada. –Le dedica a Carlos una mirada de antipatía–. Como decía, antes de que este señor tan amable me interrumpiera –El grupo se ríe. A Carlos no le ha hecho demasiada gracia el comentario, pero no dice nada–, me llamo Oli. Tengo veintitrés años y soy FiQui, que es el nombre que le dan a los pacientes con fibrosis quística. Podría explicaros lo que es la FQ, pero no me apetece, así que si os interesa lo buscáis en Wikipedia. Sé que os estaréis preguntando por qué llevo este aparato en el tobillo –levanta el pie para que se vea bien–. Tampoco os lo diré. No estoy aquí por gusto, me obligan a venir a esta mierda de terapia. Haré los ejercicios que se me manden, pero nada más. No quiero ser vuestra amiga, no quiero caeros bien. –Hace una pausa, a la que espera de que alguien rompa el silencio–. Un placer.
El grupo la mira con reacciones diversas. El chico gordo con cáncer se ríe. La bipolar suspira y mantiene la mirada perdida. Yo sonrío. Creo que se merece un aplauso. Comienzo a aplaudir.
–¿Por qué aplaudes? –me pregunta Carlos.
–Siempre aplaudimos cuando un compañero nuevo se presenta –le recuerdo con cierto tono de burla. Olaia sonríe, pero trata de ocultarlo.
–Tú nunca aplaudes –me recuerda Carlos. Para ser psicólogo, tiene muy poca paciencia.
–Siempre aplaudo. Será que no me prestas atención. –No dice nada, pero me dedica una mirada reprobatoria. Guarda silencio unos instantes, pensando la mejor forma de encaminar la terapia.
–Bien, ahora nos presentaremos el resto del grupo para que Oli nos conozca. ¿Algún voluntario? –Nadie se presta–. No pasa nada, empezaré yo. Mi nombre es Carlos, tengo veintiséis años y soy licenciado en psicología.
–¡Hooooola, Caaaaaaarlos! –exclama el chico con cáncer con una fingida voz de atontado, tratando de imitar el típico saludo de las reuniones de alcohólicos anónimos. La sala estalla en carcajadas. Carlos le mira con desprecio.
–Me presentaré yo –se ofrece el sordo, que era el único que no se había reído, pero miraba a todos lados tratando de averiguar el motivo de la gracia. Todos nos callamos–. Me llamo Tadeo y soy sordo. Tengo cuarenta años y estoy aquí porque van a implantarme en el cerebro un dispositivo que me permitirá oír.
–¡Hooooola, Tad…! –repite el chico de nuevo, pero detuvo la broma ante la mirada de desaprobación de Carlos. Debería intentar aprenderme los nombres de mis compañeros. “Chico con cáncer” no es un buen apodo–. Yo también quiero presentarme –se animó–. Me llamo Alberto, tengo quince años y soy anoréxico. No sé qué me pasa, pero me miro al espejo y  me veo gordo. –Olaia comenzó a reírse a carcajadas. Tadeo también. Reconozco que el comentario tiene gracia, porque es un chico calvo y gordo, y todos sabemos que tiene cáncer, pero no me río.
–¡No tiene gracia! –exclamó la chica con anorexia.
–Venga, Lucía, ¡es broma! –se excusó Alberto–. Solo llevo un par de sesiones en quimio, cuando me dé algunas más, adelgazaré tanto que no podré bromear con eso. ¡Un poquito de humor! –Alberto había ingreso bastante más tarde que yo en el CEC. Ya había superado un cáncer que había vuelto a manifestarse. Se había rapado la cabeza antes de que los efectos de la quimioterapia lo hicieran por su cuenta.
Olaia deja de reírse y comienza a toser descontroladamente. Parece que va a ahogarse. Todos guardan silencio, consternados por la agonía de la chica, que saca un pañuelo de papel y escupe una asquerosa flema verde. Trata de recuperar el aliento.
–Omitir estos ataques de tos. Hacer como si nada –nos dijo a todo el grupo. Su voz sonaba suplicante. Respiraba con dificultad.
–Voy a resumir un poco todo el reparto de este teatro –me ofrecí, para desviar la atención de los tosidos de Olaia. Comencé a catalogar a mis compañeros señalándolos con el dedo–. Alberto; quince años, cáncer y tullido. Como puedes ver, le falta una pierna. Lucía; veintipocos, anorexia. Tadeo; cuarentón, sordo. Esta chica, trastorno bipolar.
–Me llamo Sofía. Tengo veinticinco años.
–Sofia; trastorno bipolar, dice tener veinticinco años, pero aparenta cuarenta –continúo, con tono burlón–. Yo soy Lucas, veintiocho años; tumor cerebral, muerte inminente. Y, lo siento, tú no sé cómo te llamas, ni la mierda que tienes –reconozco, dirigiéndome a la rubia tetona que nunca deja de reírse por todo.
–Me llamo Lis, cumplo dentro de poco treinta y dos años, y tengo Charcot–Marie–Tooth. Encantada. –Sonríe mientras saluda a Olaia con la mano. Esta tía me pone de los nervios. Es demasiado feliz.
–¿Charco de avestruz? –bromea Olaia entre risas. Trata de evitar una carcajada–. Lo siento, no pretendo reírme de ti, pero es un nombre gracioso.
–¡No te preocupes! Sé que es difícil de pronunciar –reconoce Lis, riendo también.
–¡Charco de avestruz! Ahora nadie olvidará lo que tienes –dice Alberto entre risas–. Y ahora, tú eres la última incorporación. Olaia; friki.
–¡FiQui!
–Si Lis puede tener Charco de avestruz, tú no eres FiQui, eres friki.
–Tienes razón. Friki está bien.
–Al final, aquí todos tenemos una tara –dice Alberto.
–Cierto, somos una panda de tarados –reconozco con media sonrisa, poco habitual en mí últimamente.
–¡Los tarados! –repite Alberto.
–¡Yo no estoy tarada, tarado serás tú! –se defiende Sofía–. Tener trastorno bipolar no me convierte en una tarada. Eso suena a que estamos locos, o algo así.
–Cuando defiendes tu cordura con tanto empeño, das más pie a hacer pensar a la gente que estás loca. Somos los tarados porque tenemos una tara –le explicó Alberto con tono paciente. Sofía se encogió de hombros.
–Bueno, venga, que esto no es una tertulia –nos interrumpió Carlos, dando palmadas para restablecer el silencio–. Como veo que algunos no han hecho la tarea –me mira acusante–, y que tenemos una nueva compañera, aprovecharemos para que, los que no han hecho el ejercicio, lo hagan, y los que ya lo tienen, lo repasen.
–¿Qué hay que hacer? –pregunta Olaia.
–Tienes que organizar un evento; como un cumpleaños, una boda, un bautizo…
–Sé lo que es un evento.
–Ya… Pues eso. Escribes la lista de invitados, dónde celebrarías el evento, la comida, la música… Todo eso –le explica mientras le entrega una libreta y un bolígrafo.
–Es una manera de hacernos creer que tenemos tiempo para planear acontecimientos que nunca llegarán –opino sin apartar la vista de Olaia, que escribe con desgana, pero que ya parece tener claro lo que quiere expresar.
–De hecho, a mí me resultará útil este ejercicio algún día –murmura como para sí, pero logro escucharla.
–Venga, dejaros de charla, y a trabajar. 


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